sábado, 21 de mayo de 2011

JAIME SÁNCHEZ SUSARREY: VICTORIA

REFORMA 21 mayo 2011





Felipe Calderón evocó a Churchill para defender su estrategia contra el crimen organizado. Sin embargo, hace apenas unos meses negó que hubiera sido él quien declaró y definió la ofensiva contra los cárteles como una “guerra”.



Dejó de lado la contradicción. Voy a lo esencial: la victoria.



La frase que eligió el Presidente de la República define bien el temple del Primer Ministro británico a principios de los años cuarenta: la estrategia toda se resumía en un solo objetivo: “La victoria, sin menoscabo del terror, cuán largo y duro pueda ser el camino, porque sin victoria no hay futuro”.



Y la victoria terminó por llegar. La rendición de Alemania y el suicidio de Hitler fueron hechos casi simultáneos. El Reino Unido sufrió la pérdida de 326 mil soldados y 62 mil civiles a lo largo de casi seis años. Churchill acudió a la conferencia de Yalta el 4 de febrero de 1945 coronado de laureles. Berlín capitularía tres meses después.



Perogrullo. La comparación de la situación de México con la de Gran Bretaña en los años cuarenta es desmesurada. Durante la Segunda Guerra Mundial, según los cálculos moderados, murieron entre 40 y 45 millones de personas, amén del holocausto y la dimensión planetaria del conflicto.



Pero, de cualquier modo, hay un punto que conviene retomar y desglosar: La victoria como objetivo fundamental de una guerra. En el caso de Churchill el término y el objetivo no eran confusos ni ambiguos. Había que aniquilar, literalmente, al régimen nazi y su líder. Nada más ni nada menos.



En el caso de México las confusiones y las ambigüedades son varias. Primero, ¿se trata o no de una guerra? El propio Calderón dice un día que sí y otro que no. Segundo, el enemigo está en casa y tiene penetración y arraigo social. Tercero, Felipe Calderón no tiene la victoria al alcance de la mano. Cuarto, la situación de México es compleja y pedestre.



Conviene, por lo tanto, enumerar qué es lo que jamás ocurrirá. No veremos suicidarse a “El Chapo” ni capitular al crimen organizado. Es obvio, porque hay registro, que la detención o la liquidación de los grandes capos no resuelve el problema, sino puede incluso multiplicarlo y agravarlo.



Tampoco veremos la desaparición o el fin del tráfico de drogas. Mientras las utilidades sigan siendo estratosféricas siempre habrá quién esté dispuesto a correr el riesgo y enfrentar los costos de operar al margen de la ley. Milton Friedman no se equivocaba cuando decía que los capos se comportaban como empresarios que calculaban costos, riesgos y beneficios.



La abolición del consumo de drogas es una quimera. No ocurrirá porque se reduzca la oferta ni será consecuencia de un decremento en la demanda. Lo segundo porque es una elección individual sobre la que el Estado tiene poca o nula ingerencia, como no sean las campañas de información. Lo primero porque se traduce en un incremento del precio, no en la supresión del consumo.



Paradójicamente, la única forma razonable y efectiva de terminar con el problema no es declarando la guerra, sino despenalizando el consumo y el comercio, tal como ocurrió en los Estados Unidos con el alcohol en los años 30’s.



En ese sentido, la comparación con el dilema que enfrentó Churchill y sus contemporáneos, en los años 40’s impone una reflexión. Frente a Hitler no había otra estrategia posible. Lo que estaba en juego era la libertad, la democracia y los valores esenciales del mundo occidental.



En el caso del consumo y tráfico de drogas el desafío es menor. Primero, por el número real de víctimas: hay mucho más muertes por consumo de alcohol y tabaco que por drogas (duras y blandas). Segundo, porque si mañana se aprobase en todo el mundo el libre tráfico y consumo de drogas, dejando a cada persona elegir, no se pondría en riesgo ninguno de los valores fundamentales del mundo occidental.



Ahora bien, si la guerra contra el crimen organizado no se puede ganar en ninguno de esos frentes, en cuáles sí es posible y necesario avanzar. Pero además, y esto es algo fundamental que debe entender el Presidente de la República, hay que fijar objetivos en función de cada circunstancia y del tiempo que se tiene por delante.



De ahí que la declaración: la estrategia sí existe y tiene un objetivo muy claro: la victoria, sea una frase hueca, pretenciosa e incluso demagógica. Frente al crimen organizado no se puede alcanzar la victoria. Se puede, eso sí, contenerlo y acotarlo. Pero para hacerlo hay que fijar objetivos precisos y concretos.



He aquí cuatro metas para lo que resta del sexenio:



1.- Recuperación de los territorios más violentos y de las vías de comunicación, que se han perdido a lo largo de estos cinco años. La estrategia debe concentrarse en esas zonas pero, al mismo tiempo, hay que evitar que la inestabilidad y la violencia se trasladen a otros estados y territorios.



2.- Avanzar en la creación de cuerpos policíacos profesionales y bien remunerados en cada una de las 32 entidades de la Federación. Para ello es indispensable que Calderón gane la batalla en la opinión pública y exhiba a los que se oponen a la iniciativa que envío al Congreso para formar cuerpos policíacos profesionales en cada estado.



3.- Avanzar en la reforma del sistema judicial para abatir el índice de impunidad que alcanza el 99% de los delitos que se cometen.



4.- Reformar y hacer eficiente el sistema carcelario federal.



Si de esas cuatro metas sólo se alcanzaran las dos primeras, nos podríamos dar por bien servidos. El tiempo apremia. En términos reales, Felipe Calderón tiene 13 meses por delante. Después, vendrá el proceso de la transmisión del poder.

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